Ficciones: Consciencia

Al despertar, no supe dónde estaba. Mis ojos recién desvelados sólo vieron oscuridad. Parpadeé repetidas veces, intentando despejar mi mirada y mi consciencia de un período de inacción que suponía largo, aun desconociendo la causa. Disipada la neblina del sueño, vislumbré en la distancia un discreto destello intermitente, que no logré asociar a ninguna fuente de luz por mí conocida.

Me esforcé en recordar la última vez que estuve despierto, con la voluntad de situarme al menos temporalmente. No hubo manera, no recordaba nada. Quise desentumecer mi cuerpo, moviéndolo para sacarlo de la probable atrofia que sufría. Pero mis extremidades no respondían, indiferentes a mi voluntad de movimiento. Comprendí con horror que estaba totalmente paralizado, incapaz de arrancar una mínima señal de vida a ninguna parte de mi cuerpo. Solamente mis ojos parecían cumplir su función natural, intentando reconocer aún aquella lejana fuente de luz de la que me separaba la oscuridad más densa y pesada que había sentido jamás. Bajé la vista para comprobar el estado de mi cuerpo y ver si mis extremidades estaban en buen estado, pero tal era la negrura que me rodeaba que no conseguí siquiera dilucidar mi figura.

A pesar de mi completa parálisis corporal, mis funciones cerebrales y capacidad de raciocinio parecían marchar a la perfección. Mi memoria parecía la única perjudicada, o al menos la memoria a corto y medio plazo. No recordaba absolutamente nada de los últimos meses o, mejor dicho, de los meses anteriores a mi desvanecimiento o letargo o interrupción de mi consciencia, no sabía qué había sucedido.

De pronto, en la cara interna de lo que en ese preciso instante descubrí como algún tipo de recipiente transparente que me resguardaba, comenzó a aparecer una serie de caracteres fosforescentes que desfilaban lentamente frente a mis ojos. Tras acostumbrar mis retinas a la repentina presencia de algo más que oscuridad, empecé a leer las frases que se formaban.

El presente comunicado fue fotoimpreso en su receptocéfalo a fecha 30/04/2145. Si puede leer este mensaje, el cumplimiento de su condena queda legalmente inaugurado. Ha sido usted sentenciado por el Consejo Ecuménico de Justicia a la pena más grave de que dispone nuestro sistema judicial: Estado de Perpetua Consciencia. A tal efecto, y en cumplimiento del Art. 25.2 de nuestra Constitución, su cerebro y el cráneo correspondiente han sido sometidos al procedimiento habitual de neuropreservación, transformando su duración natural en virtualmente infinita. Siguiendo la mencionada normativa, el resto de su cuerpo fue incinerado o entregado a sus herederos, si los hubiere. La cápsula autorregulada que contiene su consciencia acaba de abandonar el Sistema Solar, con rumbo al vacío intersideral. Si el azar está de su parte, podría llegar a fallecer colisionando con algún cuerpo errante, pese a las extremadamente remotas probabilidades de impacto. En caso contrario, su vida será eterna.

Asimilé aquel sorprendente mensaje y, al instante, los recuerdos perdidos me invadieron en avalancha. Abrumado por todo el horror causado, comprendí con inmenso pesar que mi condena era justa.

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