Las manías de Jeanne Dielman

Una película con un título tan largo e insólitamente concreto como Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles no puede ser una película fácil ni para todos los gustos y, efectivamente, no lo es. En las tres horas y veinte minutos que dura el tercer largometraje de la cineasta belga Chantal Akerman asistimos a los quehaceres diarios de la mujer del título, con tal nivel de detalle y cotidianidad que puede disuadir a más de uno (de hecho, hubo unas cuantas deserciones cuando la vi en la Filmoteca de Catalunya).

Acompañaremos durante tres días a Jeanne Dielman, una viuda de cuarenta y tantos con un hijo post-adolescente a su cargo, en su vida cuadriculada, monótona y previsible de pequeñoburguesa en decadencia. Akerman rueda la mayoría de escenas en el interior de un piso, con un estilo naturalista, en planos casi siempre fijos y, en ocasiones, de larga duración. Vemos a la protagonista cocinando, limpiando, comprando, tejiendo, prostituyéndose en su propia casa mientras su hijo está en la escuela.

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Me hipnotiza contemplar la triste inercia de esta mujer gris, su obsesión por el orden y la limpieza, su costumbre de apagar la luz y cerrar la puerta cuando sale de una habitación aun sabiendo que volverá a los veinte segundos, su manía de dejar perfectamente doblado y alineado el tapete de la mesa del salón, su robótica tenacidad y precisión al hacer las tareas de casa como deben hacerse.

Pequeños detalles en su rutina que cambian de un día para otro o algún que otro descuido que obstaculiza su rigor habitual nos dan pistas sobre los misteriosos procesos mentales de la soledad de Jeanne Dielman. El velo de apariencias, o cuanto menos la conducta de perfecta señora bien, no se mantendrá durante toda la película, hasta llegar a ese largo y prodigioso plano fijo final que cada cual leerá como mejor sepa. Por mi parte, creo que aún no he asimilado totalmente esta personalísima obra ni lo conseguiré a corto plazo; lo que sí sé es que a veces me vuelve a la memoria la imagen de Delphine Seyrig pelando patatas, o me sorprendo rememorando las manías de Jeanne Dielman, y sé que seguiré pensando en ella durante bastante tiempo.

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