Ficciones: Tránsito

Llevo casi treinta años esperando este momento, pero ahora no sé si me atreveré a cruzar al otro lado. Temo las consecuencias. Cuando aquel guardabosques belga descubrió el portal, hace medio siglo, abrió una caja de Pandora que costó mucho de contener y sellar. Parece mentira que una cosa tan minúscula, una pequeña grieta en el tejido del espacio por la cual a duras penas cabía una persona, fuera capaz de provocar tanto caos. En las pocas horas que tardaron las autoridades en llegar al lugar, una docena de personas cruzaron el portal desde el otro lado. La mayoría de ellas se desintegró al instante de llegar aquí, el resto aguantó unos minutos. Del guardabosques nunca más se supo, fue su ayudante quien dio la voz de alarma, y sigue siendo la primera y única persona que cruzó al otro lado desde aquí. Hasta hoy. Si me atrevo. Esta vez no debería haber ninguna consecuencia negativa, mi equipo y yo llevamos trabajando dos décadas en ello. Hemos conseguido estabilizar el portal, minimizar su impacto sobre el tejido espacial y por tanto sus efectos sobre cualquier cuerpo que lo atraviese. Así que, en teoría, el tránsito al otro lado es seguro para el ser humano.

Ya tenemos todo dispuesto para la prueba definitiva. Gente de mi plena confianza está al mando de los aparatos de medición y estabilización, preparada para cualquier contratiempo. Hay un equipo médico para cuando regrese, no sabemos cómo reaccionará mi cuerpo. Eso es si lo consigo, en menos de una hora debo estar de vuelta. Lo he dejado todo atado y firmado aquí por si sigo el camino del guardabosques, nunca se sabe. Me da miedo cruzar, sí, pero también llevo media vida estudiando este maldito agujero. Salga bien o mal, mi nombre ya tiene un lugar en los libros de Historia. Soy un pionero, un conquistador del multiverso.

Mi indumentaria especialmente diseñada para la ocasión protegerá mi cuerpo durante la desatomización del tránsito, un proceso no superior a trece segundos, según nuestros cálculos, pero la parte más peligrosa del viaje. Estoy parado a dos metros del portal y echo un último vistazo al bosque que nos rodea, a mi universo conocido. No sabemos si el otro lado es exactamente igual a éste, cuán relevantes son las diferencias entre ambos mundos, si es que las hay. Quizá allí los dinosaurios no se han extinguido o los humanos tienen dos narices o no han viajado al espacio o no existe el invierno. No sabemos nada.

Hago una señal de despedida a mi equipo. Mi asistente me envía una reconfortante mirada de aliento y doy media vuelta, encarando ese agujero semi-invisible al ojo que emite destellos ocasionales. Estoy preparado. Doy un paso. Dos. Adelanto mi mano derecha, la primera parte de mí en entrar en contacto con el portal. No siento nada. Sin pensarlo más, sigo adelante. Otro paso. Todo mi cuerpo entra ya en el portal. Desaparecen tras de mí las luces de mi equipo, delante mío no hay más que oscuridad. A pesar de lo que indicaban los estudios previos, sigo consciente. Durante unos segundos, no estoy ni en mi universo ni en el otro. No sé dónde estoy, aquí no hay nada.

Doy un paso más y aparezco ya en el otro lado. Estoy en tierra firme. Por el momento, náuseas y un leve dolor de cabeza son los únicos efectos del tránsito. Miro a mi espalda y no se advierte la presencia del portal, como sí se hacía desde el otro lado. El bosque que me rodea parece ser el mismo, exceptuando la ausencia de mi equipo y toda la parafernalia que nos acompaña. Aquí también es de día, la temperatura y el clima parecen similares. El dolor de cabeza va en aumento. No hay nadie a la vista, ningún animal tampoco. Avanzo hacia el límite del bosque en dirección a la civilización, por ahora es todo igual. Empiezo a sentir pequeños mareos mientras camino. Llego a los suburbios de la ciudad. Veo ya las mismas casas unifamiliares, la misma pulcritud de postal, la misma desangelada uniformidad. Hay un monovolumen detenido en medio de la carretera, vacío. Las náuseas aumentan y acabo vomitando. Levanto la vista pero no veo a nadie, no hay niños jugando en los jardines, madres y padres volviendo a casa del trabajo, nada. Absolutamente ninguna señal de vida. Sólo un silencio sepulcral, irreal, insoportable.

Los mareos pueden conmigo y me veo obligado a detenerme. Me arrodillo, la jaqueca es inaguantable. Me encojo de dolor y veo sobre el asfalto pequeños montículos de una sustancia de color ocre, una especie de ceniza pálida y pulverulenta dispersa por el pavimento, por la acera, por los jardines. Mi cabeza va a estallar, no puedo más. Me retuerzo de dolor mientras agudos pinchazos me obligan a cerrar los ojos y ya no los vuelvo a abrir.

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