La voz del tiempo

El universo está hecho de historias, no de átomos.

Muriel Rukeyser

Un escritor llamado Javier Marías escribe una falsa novela en la que un escritor, llamado también Javier Marías, diserta sobre las críticas y reproches que recibió al publicar su anterior novela, aparentemente verdadera ésta, en la cual su protagonista, y por ende sus allegados, fue equiparado a la identidad del primer escritor Javier Marías a causa de la imprudente cantidad de similitudes que compartían. Esta disyuntiva entre realidad y ficción, deliberadamente confusa en mi descripción, es la base sobre la cual se cimienta esta estupenda Negra espalda del tiempo, que podría indistintamente definirse como un ensayo de ficción o un ensayo sobre ficción o, incluso, unas muy rebuscadas memorias.

A pesar de sus continuas protestas a lo largo del libro respecto a la discutible cantidad de realidad o su proporción respecto de la ficción que contienen tanto su anterior novela, Todas las almas, como ésta que nos ocupa de horrenda cubierta y shakesperiano título, a Marías le va la marcha y, como siempre, juega al despiste. Propenso a contar como cierto lo que siempre fue falso o como falso lo que nunca pudo ser ni será cierto, el autor nos abandona ante este dilema sin más asideros que su propia prosa o, como mucho, todo aquello que los más voluntariosos quieran o puedan averiguar más allá de las páginas del libro (verbigracia, la inverosímil pero maravillosa historia del Reino de Redonda). El lector, pues, podrá fantasear o conjeturar o asumir pero nunca llegará a discernir la realidad de la ficción.

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Acostumbramos a asimilar, de manera inconsciente, la personalidad del narrador a la del autor, basándonos en la mera circunstancia de que el primero habla por obra y gracia del segundo. Esto no implica que uno sea reemplazable por el otro, tampoco equiparable o ni siquiera comparable, teniendo en cuenta que tal transubstanciación sucede poco o nunca, ni siquiera en memorias o autobiografías. Al fin y al cabo, la ficción siempre se erige vencedora en tan etérea controversia, se crece y todo conquista a su paso, somete y gobierna y monopoliza los dominios de la realidad. Somos ficción.

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