De cuando existía el cine invisible

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Vikar es, más que un cinéfilo, un cinéfago. El protagonista de la magnífica Zeroville devora películas, una tras otra. Se traga todo lo que echen en cualquier cine que se cruce en su camino, sin filtro alguno: películas de Dreyer, Buñuel o Hawks, de samuráis o del mismísimo Harry Houdini. Cualquier cosa.

Supongo que ser cinéfilo en los años setenta, época en la que se ambienta la novela de Steve Erickson, no era tan fácil como ahora. Aparte de las reposiciones en cines o filmotecas, uno tenía que confiar en el criterio de los programadores televisivos para poder ver cine clásico. No hablemos ya de la cinefilia pre-televisiva, cuando rememorar una película era a menudo la única forma de volver a verla. Antes, un aficionado al cine podía esperar años o incluso décadas para ver o rever una obra en concreto. Quizás nunca llegaba a conseguirlo.

La llegada del VHS lo cambió todo (video killed the movie star?) y, a día de hoy, no sólo tenemos una gigantesca oferta en formatos domésticos, sino que un fondo de catálogo inconmensurable nos espera a un par de clics de distancia: la película inencontrable prácticamente ha dejado de existir. Hay algunas excepciones, claro: por ejemplo, la obra minoritaria de algún cineasta underground con limitadísimo número de copias, o la proyección-acontecimiento concebida ya para ser algo irreproducible, o el cineasta que directamente decide enterrar para siempre su película tras dos pases únicos en festivales. Hoy en día tenemos cualquier película al alcance de la mano. Quizás eso le ha hecho perder valor a la cinefilia, o mejor dicho al carácter ritual de lo cinematográfico, la experiencia.

La simple posibilidad de disponer de la filmografía completa de Luis Buñuel o Irving Rapper sería algo inimaginable para Vikar. Para mí, en cambio, es de lo más habitual. No sé si está bien o mal, no digo siquiera que sea recomendable, pero sé que es la situación más normalizada para parte de la cinefilia más joven. ¿Cuántas horas al año perdemos tratando de elegir qué película ver de las cientos o miles que tenemos disponibles al instante, horas preciosas que un cinéfilo de hace tres décadas dedicaría probablemente a ver más cine? ¿Podemos valorar y apreciar esas películas de la misma manera, o realmente la facilidad de acceso no es un factor relevante?

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Un comentario sobre “De cuando existía el cine invisible

  1. […] 2. Guy Maddin es un inquieto cineasta canadiense obsesionado con los orígenes del cine y la certeza de que la mayor parte de la producción cinematográfica de esa época se ha perdido para siempre. En su fascinante proyecto Seances, Maddin y sus colaboradores han recreado algunas de esas escenas desaparecidas y ofrecen al público la posibilidad de crear, mediante infinitas combinaciones entre esas escenas, una película única, que sólo existirá en el momento en que el espectador se ponga a verla (esta iniciativa, por cierto, no está lejos de lo que propongo en este post). […]

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